ROGER CHARTIER: "EL SUEÑO DE UN MUNDO SIN BIBLIOTECAS ES UNA PESADILLA"
Representantes de Google, Facebook y Twitter visitarán Chile; Amazon acaba de lanzar un servicio de suscripción para acceder a seiscientos mil libros electrónicos. Dos oportunidades para hablar con este historiador francés que alaba las extraordinarias posibilidades que abre el mundo digital, pero advierte sobre los riesgos de que dicho formato llegue a ser el único: Internet permite encontrar lo que se busca, dice, una biblioteca permite descubrir libros desconocidos.
Juan Rodríguez M.
Sin computadores y sin internet este artículo no existiría: no solo fue escrito digitando en un teclado y mirando una pantalla; además, el entrevistado -el historiador francés Roger Chartier (Lyon, 1945)- recibió las preguntas por correo electrónico y respondió por ese mismo medio. Usted, entonces, tiene en sus manos (y quizás en una pantalla) un producto de los tiempos: una entrevista electrónica.
La revolución digital da que pensar. Es una realidad lo suficientemente vieja como para que sepamos mucho de ella, y lo suficientemente nueva para que todavía estemos llenos de dudas. Tal vez por eso, sobre internet -la manifestación más visible de esa revolución- se ha dicho lo uno, lo otro y lo contrario: que es un espacio de libertad y democracia, de apertura al conocimiento y a la información, de socialización; que nos hace más superficiales, nos expone a la vigilancia de gobiernos y corporaciones, que desvirtúa las relaciones humanas.
Lo que se supone que son solo "medios", instrumentos -las redes sociales, el libro digital- parecen modificar nuestros hábitos, nuestras prácticas, lo que vemos y cómo lo vemos: "El medio es el mensaje", decía Marshall McLuhan. Es decir: "Modelamos nuestras herramientas y luego estas nos modelan a nosotros"; "nos convertimos en lo que contemplamos". O: "Los medios son extensiones artificiales de la existencia sensorial"; "el libro es una prolongación del ojo... la ropa, una prolongación de la piel... el circuito eléctrico, una prolongación del sistema nervioso central".
Quizás sea exagerado lo del teórico de la comunicación, pero sí puede afirmarse que, por ejemplo, lo que escribimos, cómo lo escribimos y cómo lo leemos variará según el soporte.
En 2008, en este mismo suplemento, Chartier -experto en historia de la lectura, autor de libros como Los orígenes culturales de la revolución francesa, El orden de los libros e Historia de la lectura en el mundo occidental (con Guglielmo Cavallo)- dijo: "No podemos ignorar que la materialidad de los objetos de la cultura manuscrita e impresa desempeña un papel esencial en la construcción del sentido de cualquier obra o documento"; "debemos reconocer en cada obra o documento las normas, códigos, categorías que gobernaron tanto su producción como su interpretación o uso". Por ejemplo, pensar en índices, capítulos, páginas y otras maneras de presentación y lectura que se dan por descontadas es el resultado de la aparición del códex o códice, o sea, del libro -primero manuscrito y luego de Gutenberg impreso- tal como lo conocemos hasta el día de hoy, y que reemplazó a los rollos a partir del siglo II (aunque recién en el IV o V se consolidó). Antes de eso -con los rollos- una pregunta como "¿cuántas páginas tienen las obras de Platón?", no solo no hubiese tenido sentido, probablemente no se le hubiese ocurrido a nadie.
¿Vivimos la mayor revolución tecnológica y cultural desde la aparición de la imprenta? "Pienso que sí", responde Chartier, "aunque la aparición de la imprenta no es la única revolución que debe considerarse, y tal vez fue menos fundamental que la aparición en Occidente del códex en los primeros siglos de la era cristiana. La revolución digital (que no se limita a internet y sus usos) es esencial porque modifica al mismo tiempo la técnica de producción y circulación de lo escrito (y de las imágenes), la forma del soporte del escrito y las prácticas de lectura. Es la primera vez en la historia de la humanidad que estas tres mutaciones aparecen simultáneamente. La invención del códex no modificó la técnica de reproducción de los textos. La invención de imprenta no modificó la forma del libro. Las revoluciones de la lectura aparecieron en la larga duración del códex y de la imprenta. La radicalidad de la revolución digital es muy diferente, y aparece como tal porque debe coexistir ahora con la escritura manuscrita y la publicación impresa".
El privilegio del extracto
Según Martin Heidegger en todas partes estamos encadenados a la técnica, sin que nos podamos librar de ella, "tanto si la afirmamos apasionadamente como si la negamos". Más todavía, escribió, cuando la consideramos neutral es cuando más "abandonados" estamos a ella. ¿Por qué?, "porque esta representación, a la que hoy se rinde pleitesía de un modo especial, nos hace completamente ciegos para la esencia de la técnica". Luego, concluyó el filósofo alemán: hay que preguntarse por la esencia de la técnica.
Dos contingencias sirven de excusa, no digamos que para conocer algo así como la esencia de la revolución digital e internet, pero sí para esta conversación virtual con Chartier sobre lo que tanto sabemos y tanto más ignoramos: la primera es el "Social Fest", un encuentro de medios sociales que se realizará el 4 de agosto en Santiago, y al que vendrán el director de estrategias de Google (Daniel Sieberg), la ex vocera de Facebook (Randi Zuckerberg) y el cocreador de Twitter (Dom Sagolla); y la segunda, el lanzamiento el viernes pasado de Kindle Unlimited, de Amazon, un servicio de suscripción que, por un pago mensual de diez dólares, permite acceder sin límites a seiscientos mil libros digitales; en otras palabras, un Netflix de e-books, por ahora disponible únicamente en Estados Unidos, que no sólo promete ser un nuevo dolor de cabeza para las editoriales, sino que -según algunos analistas- anuncia el fin de esa costumbre de perderse en la lectura de un buen libro. O no.
-Tras la irrupción de las nuevas plataformas o tecnologías: ¿cómo ha evolucionado el hábito de la lectura?
-Las diferencias entre las varias plataformas electrónicas me parecen secundarias en relación con lo que comparten: una relación entre una práctica de lectura discontinua, segmentada, estrellada, y una percepción de los textos, todos los textos, como "bancos de datos" cuya totalidad importa menos que los fragmentos que pueden estar recortados. Se encuentra así privilegiado el extracto y no el texto en su coherencia, integridad e identidad.
-¿Qué le ha hecho internet a nuestra vida privada? ¿Y a la pública?
-Hizo cosas contradictorias. Por un lado, la posibilidad de un espacio público en que, como soñaba Kant, cada uno puede actuar como lector y escritor, haciendo un uso crítico de su razón. Por otro lado, los peligros de un mundo sin privacidad que transforma las nociones más fundamentales como la amistad (¿qué significa tener centenares de "friends" en Facebook?) o la identidad, que en las redes sociales puede estar exhibida u oculta, diseminada o ser falsa y engañosa.
-¿La tecnología -y en este caso internet y las redes sociales- es neutra y sus bondades o males dependen del uso que se le dé? ¿O "el medio es el mensaje"?
-Nunca pensé que el medio es el mensaje. Como decía Walter Benjamin, las técnicas producen efectos contrarios que dependen de sus usos por parte de las instituciones y de los individuos. No existe un determinismo tecnológico, sino una responsabilidad compartida, una toma de conciencia colectiva de lo que se debe hacer o no. Pero no surge espontáneamente y necesita el aprendizaje de las "bondades y males" de las nuevas propuestas. Es la razón por la cual el papel de la escuela, de las instituciones públicas y de los medios de comunicación es esencial.
No es lo mismo
Si de bondades y males se trata o, para no ser tan moralistas, de oportunidades y riesgos, valga una distinción que hace Chartier. "Se debe aclarar en primer lugar que el acceso digital a un texto no es equivalente al acceso a la forma impresa en la cual circuló. Si se olvida esta realidad básica, existe el riesgo de la pérdida de nuestra relación con la largamente duradera cultura escrita y del vínculo con los lectores del pasado. Si se trata de libros nuevos, lo importante es reconocer las diferencias entre leer un libro digital y leer un libro impreso, es decir, las transformaciones entre el fragmento y la totalidad del texto, la percepción de la obra como tal, la discontinuidad de las lecturas hipertextuales, etc. La conclusión es que la lógica digital no debe ser la única y que deben protegerse otras formas de publicación y otras prácticas de lectura. La digitalización del mundo, tal como su globalización, es una magnífica promesa y al mismo tiempo un riesgo inmenso si se vuelve exclusiva y hace desaparecer todos los otros soportes de lo escrito y las otras maneras de leer".
-¿Qué perderíamos si desaparecen?
-Si se acepta la idea de que cada forma de producción, inscripción y apropiación de lo escrito tienen lógicas propias y usos específicos, la pérdida de la cultura manuscrita y de la publicación impresa no puede ser considerada sino como una mutilación. La aparición del códex no hizo desaparecer los rollos; el invento de Gutenberg no hizo desaparecer ni la comunicación ni la publicación manuscrita. Ambas propusieron una reorganización de la cultura escrita en la cual las antiguas formas o técnicas desempeñaron papeles nuevos, pero hechos posibles gracias a su morfología o capacidades. ¿Por qué nuestro tiempo estaría destinado a aceptar la desaparición de las operaciones intelectuales, de las categorías conceptuales, de las prácticas de lectura asociadas con el códex y la imprenta, y que son imposibles en el mundo digital? Espero que no sea así el futuro, pero para evitar semejante mutilación siempre debe recordarse que la idea según la cual no importa la forma de inscripción de los textos es una idea profundamente (y peligrosamente) errónea.
-¿Cómo deben reformularse las bibliotecas ante este nuevo escenario? ¿Tendremos bibliotecas sin libros, o tal vez simplemente no tendremos bibliotecas?
-La perspectiva desesperante de un mundo sin bibliotecas podría ser unas de las consecuencias de la hegemonía absoluta del mundo digital. El riesgo existe: ¿por qué ir a la biblioteca si se pueden leer en su ordenador los mismos textos? Se puede superar solamente si las bibliotecas y los poderes públicos acompañan las políticas de digitalización o la profusión de los textos accesibles en la red con un discurso que haga hincapié en las diferencias entre las formas de inscripción de los textos, los recursos propuestos y los modos de lectura que implican o permiten el libro impreso y la textualidad digital. El sueño de los que imaginan bibliotecas sin libros (impresos) y un mundo sin bibliotecas (ni librerías) para mí es una pesadilla. Y lo digo considerando y alabando las extraordinarias posibilidades abiertas por internet y, más generalmente, por el universo digital.
-¿Qué ocurre con el autor, y hasta con los derechos de autor, en un mundo de redes sociales y acceso libre, o que tiene la expectativa de un acceso libre a los contenidos?
-Problema complicado porque entrecruza dos deseos expresados desde el tiempo de las Luces: por un lado, la defensa de la propiedad literaria, de los derechos de los autores, que deben proteger las obras y permitir a algunos escritores vivir de su pluma; por otro lado, el deseo de una comunicación libre, gratuita, universal de los conocimientos. Por un lado, la protección de la propiedad del autor sobre su obra; del otro, la exigencia de una circulación y apropiación libre de todo lo que puede ser útil a la humanidad. Las leyes sobre el copyright intentaron conciliar estas dos exigencias reconociendo la legitimidad de la propiedad literaria, pero limitando su duración. Es este equilibrio inestable el que desafía las posibilidades de la red (social o no) con la producción de textos abiertos y maleables, la descarga pirata que no respeta el derecho del autor (ni la propiedad del editor) o la expectativa de un acceso gratuito a todas las producciones culturales. Aquí también lo esencial sería explicitar estas dos lógicas, presentar sus razones e historia, y hacer hincapié en la diferencia entre comunicación electrónica y edición digital. De nuevo encontramos la necesidad de enseñar los usos, tensiones y oposiciones que caracterizan un mundo que parece evidente y que somete a sus lógicas de origen todos los bienes culturales.
-¿Qué prefiere como fuente de conocimiento e información: internet o una biblioteca?
-No se puede considerar que se trata de la misma "información". Internet permite encontrar (generalmente) lo que se busca. Una biblioteca (particularmente si permite el acceso a los estantes y respeta la clasificación Dewey) permite descubrir libros desconocidos, que no se buscaban. Por otro lado, para todas las investigaciones que tienen una dimensión histórica es menester encontrar los textos en las formas mismas de su publicación, y no solamente en la reproducción digital legible sobre la pantalla. Por último, la "información" propuesta por internet es proliferante, rica, abundante, pero también muchas veces caótica, no controlada, imprecisa y, para los lectores no bien preparados, peligrosa, porque multiplica la circulación de los errores, sin hablar de las falsificaciones. La biblioteca se mantiene como un instrumento único para percibir el orden del discurso y la jerarquía del saber.
-¿Usa o ha usado un Kindle o algún otro aparato para leer libros digitales?
-Nunca...------
Entrevista publicada el 28 de julio de 2014 en Artes y Letras de El Mercurio.
![By Michael Wögerbauer (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons By Michael Wögerbauer (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg-7iF4VIbnuSg5YwAiV7sfYwa3NuRFXEh6gQIrusgOi6JeXsWJZm01Kbqs6q6rMqYJqOgqKMv_xHoa93YKglk4Z-d_N8tAO6bdUEww__42X5ba3BL-_Mfn4LF-vY-qFBsFYUNqCMX772s/s320/Chartier_Roger.jpg)