RAÚL RUIZ: EN BUSCA DEL CHILE PERDIDO

Memoria Chilena











Ediciones UDP publicó un libro con entrevistas y textos escogidos del realizador. Las ideas e historias son abundantes, y de ellas precipita cierta nostalgia o melancolía —presente incluso en sus películas extranjeras— por el país que tuvo que abandonar luego del golpe de Estado de 1973. Irse de Chile, dice, “significa entender que nunca se va a poder volver realmente”.


Juan Rodríguez M.

En Francia, debido a un problema de pronunciación, Raúl Ruiz era "Raoul". "Esa es mi pequeña historia de O, que no tiene nada que ver con mi personalidad múltiple, menos aún con la disolución de identidades que se abordan en mis películas", dijo el cineasta chileno en una entrevista de 2006, en Le Nouvel Observateur. El fragmento es parte de Ruiz: Entrevistas escogidas - Filmografía comentada (Ediciones Universidad Diego Portales), un libro editado por Bruno Cuneo.

El volumen se estructura en cuatro partes: tres con entrevistas completas y extractadas y una cuarta con comentarios de Ruiz sobre la mayoría de sus 120 películas (el registro es momentáneo). En la primera -"Por un cine de indagación"- se incluyen entrevistas publicadas en los sesenta, donde el realizador aboga, según dijo en 1972, por un cine "que provoque una identificación o, mejor dicho, una autoafirmación nuestra a todos los niveles, incluso a los más negativos. La función de reconocimiento me parecía, y me parece, la más importante indagación en los mecanismos reales del comportamiento nacional".

En la segunda sección -"Diálogos de exiliado"- hay seis entrevistas dadas en el extranjero (cuatro de ellas nunca antes publicadas en español) que, según escribe el editor, "facilitan una comprensión general de su vida, de sus principales intereses cinematográficos y de su poética". 

En la tercera -"El Chile permanente"- nos encontramos con tres entrevistas que dio Ruiz en los últimos veinte años, donde habla de Chile, de los cambios culturales que tanto lo contrariaban, pero también de su interés por rescatar aspectos permanentes del país.

De modo que el libro no es cronológico, pero sí temporal. "Armar un libro de manera cronológica es una comodidad intelectual, sin contar que Ruiz dice por ahí que su vida no fue nunca cronológica, opinión que tuve en cuenta, porque yo también soy un lector de Proust y conozco la distinción entre la cronología y la duración", explica Bruno Cuneo. "La idea editorial era hacer un libro de interés universal, pero también de interés para Chile, porque incluiría materiales que han sido hasta ahora de difícil acceso en nuestro medio, pero también porque daría cuenta, tentando un equilibrio, de la doble visión que Ruiz tenía del cine: como un pretexto para la especulación teórica y como un medio de tomar contacto con la realidad nacional. Son sus propias palabras".

Marcel Proust


En una de las entrevistas, a Ruiz le preguntaron si, tal como había trabajado a partir de libros, lo había hecho a partir de una película. Y él respondió: "No, siempre se trata de libros. Yo soy un hombre de letras". En otra oportunidad dijo: "Lo que me interesa son los procedimientos que están en los textos y que no están en el cine. Proust, como varios otros de los escritores que he recogido, es más un inventor de procedimientos cinematográficos que de recursos literarios: inventó el zoom y el fundido encadenado".

Las referencias a Proust (la de Cuneo y esta última) no son gratuitas. No es sólo que la temporalidad no lineal sea un rasgo de la obra y el pensamiento de Ruiz (para él, el cine era "como una maquina para viajar en el tiempo y en el espacio"), es que el libro trasunta cierta nostalgia por un Chile perdido: el que existía y quiso retratar en su juventud, el que quiso olvidar (y no pudo) en sus primeros años de exilio... el que quiso recuperar a partir de los noventa, cuando volvió a hacer películas chilenas: "... yo de aquí no me fui tan joven, sino que a los 32 años, por lo tanto hay toda una parte de mí, una percepción del mundo, que quedó ahí, congelada, o, como dirían los masones, que quedó en sueño y ahora la puedo despertar y rescatar", dijo en 2007. Lo intentó, por ejemplo, con "Cofralandes" (2002), el largometraje documental sobre Chile con el que ambicionaba "hacer algo entre En busca del tiempo perdido y Paralelo 42 (la novela de John Dos Passos), una visión de Chile en la que se mezclen evocaciones infantiles, de la historia, extrapolaciones de Europa y otras cosas...".

Explica el editor: "El libro está armado tomando en cuenta también la disociación cultural y los padecimientos psicológicos que trae consigo la experiencia del exilio; cómo Ruiz tuvo que reinventarse artísticamente en el extranjero y cómo a pesar de que intentó cortar definitivamente con Chile no pudo hacerlo. No podía evitar en sus 'películas francesas' hacerle ciertos guiños al país en que había crecido ('por si había un chileno perdido en la sala', dijo una vez)". Lo que Ruiz quería recuperar, agrega Cuneo, era "el valor de la cultura popular y cierto surrealismo o cierta relación con lo maravilloso que creía propio del comportamiento de los chilenos" y que, creía, se había perdido durante y después de la dictadura, debido a lo que en uno de los textos llama "ultra-liberalismo".

"Desde 'Cofralandes' -dice Cuneo-, todas las películas que hizo en Chile destilan un poco esa melancolía, pero filmar a partir de los relatos de su infancia -ya fueran narraciones populares, campesinas o marítimas, ya fueran narraciones literarias que había conocido en la escuela- le permitía también recuperar o mantener en vilo esos valores, para evitar que Chile, como dijo al recibir el Premio Nacional, dejara de soñar y se volviera transparente".

El lugar común "amor/odio" define bien lo que provocaba Chile en Ruiz: "... siendo chileno no me gusta nada (de lo chileno). Tengo derecho a criticar porque para eso sirve ser chileno. Ahora, que no me guste no significa que no me guste", dijo en 1997. Admiraba la capacidad de sus compatriotas "para decir disparates, para bromear toda la noche o varios días seguidos, por puro deporte. Es la manera chilena de filosofar". También le atraía ese Chile ladino, la "chuecura metafísica" del chileno, que Ruiz interpretaba como una manera de resistencia. Y el habla: "Se empieza una frase y se termina con puntos suspensivos, se empieza otra y otra y lo que pasa es que la gente está hablando con tres discursos paralelos, y pasan de uno a otro como en una fuga de Bach y no dicen nada. Y, entremedio de todo esto, dicen contradicciones y constantemente están metiendo chistes que lo anulan todo".

"Raúl quería mucho a sus padres y a sus amigos, que son parte de Chile", dice su viuda y colaboradora, Valeria Sarmiento. "Le gustaba el humor rápido de los chilenos, pero no los garabatos. Le gustaba la comida chilena bien preparada, el clima. Le gustaba escuchar a los Cuncumén y a los payadores. Le gustaba invitar a sus amigos y era capaz de pasar todo un día conversando con ellos después de un almuerzo. Le gustaba visitar las librerías de libros antiguos y encontrar tesoros. Le gustaba pasear por el centro de Santiago y volver caminando a la casa de sus padres en Providencia. Y, por supuesto, le gustaba mirar a las chilenas que las encontraba cada vez mas bonitas".

Raúl Ruiz nació en 1941, en Puerto Montt, y murió -como Raoul- en 2011, en París, donde se radicó luego del exilio. Sus restos fueron trasladados a Chile. En 2006 había dicho: "Cada vez que vuelvo... boto la O antes del aterrizaje".

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Artículo publicado en Artes y Letras de El Mercurio el 21 de abril de 2014.